Reseñas y críticas: la cultura es diálogo y es debate

La cultura es diálogo y es debate. Sin debate, la cultura agoniza, enferma de autocomplacencia. Como sostenía el científico Ramón y Cajal, nos quejamos de las censuras de nuestros maestros, émulos y adversarios, cuando deberíamos agradecerlas: «Sus golpes no te hieren, te esculpen».

En mi página web están enlazadas, desde hace años, algunas críticas a mi novela La alambrada, la primera de las Novelas Plurales. Una de las reseñas lleva el título de «Inconsistencias», todo un dictamen. También enlazo la crítica negativa que un editor, José María Guelbenzu, escribió unos años antes sobre mi novela Un rincón para César.

Le tengo un gran cariño a esta última novela, Un rincón para César. Hoy veo esta obrita como una novela de formación, porque con ella aprendí a hablar de una cosa o de unos personajes aparentando hablar de otra cosa y de otros personajes, como en un juego de espejos. Si creemos en el librepensamiento, en la libre conciencia de los lectores, estaremos de acuerdo en que algunas críticas negativas no bastan para destruir una novela, ni siquiera un cuento, ni siquiera un verso. Algunas críticas incluso parecen revolverse, incómodas, y conservan el efecto de incitar el diálogo e invitar a pensar al buen lector, responsable último de juzgar aquello que lee.

Pero hablaba de La alambrada. El origen de La alambrada fue una conversación que nunca tuvo lugar. La habitación de un hospital fue el marco de un diálogo que, en realidad, escondía la confesión de una vida. Escenario, asunto y tema son cosas diferentes; el asunto no es más que un objeto que tratamos, pero el modo de tratarlo, es decir, el tema, puede disparar la imaginación y el pensamiento, las lecturas y las interpretaciones….

Es cierto que escribir una novela no es exactamente lo mismo que redactarla. La redacción puede resolverse en meses, incluso en días, pero una novela, incluso la más breve, puede haberse gestado durante años. ¿Cuánto tardé en escribir La alambrada? La redacción se consumó en apenas diez días con sus diez noches, en un estado de actividad febril. Fue en enero de 2001. Lo recuerdo muy bien porque acababa de perder un empleo. Sin embargo, aquella historia había ido evolucionando lentamente durante varios años; también recuerdo muy bien las circunstancias en que nació la idea. Las novelas no se improvisan, van creciendo, pero cuando la voz, la forma y la estructura, el argumento… cuando todo encaja, es el momento de volar.

Como lectores, intuimos cuándo un autor ha volado, porque también nosotros volamos.

Sí, la inspiración existe. Sin inspiración no puede haber creación. Hay un momento en que el escritor suelta el control de sus palabras y son los personajes los que parecen dictarnos al oído.

Toda novela tiene un propósito o muchos, pero la buena novela debe esconderlos. ¿Por qué escribí La alambrada? Necesitaba afirmar algo, esa voluntad básica de seguir adelante, de vivir, que a todos nos sostiene. También necesitaba arañar la realidad con palabras cortantes, como el estilo de los antiguos, como el bisturí de los cirujanos. Un colega escritor me preguntó en una ocasión si no temía haber hecho apología del suicidio con esta novela. Todo lo contrario. Siempre he pensado en La alambrada como una apología, en todo caso, de una vida lúcida. Emilio y su soledad no son el modelo, el modelo lo lleva consigo cada lector, pero la lucidez de Emilio sí es una actitud vital ante la que hay que posicionarse.

Uno de los síntomas de la decadencia de la literatura actual es la pretensión de convertir a los personajes en modelos de conducta, a veces incluso en héroes de «ideologías», sean positivas o negativas: los policías tienen que ser bondadosos, las mujeres tienen que ser fuertes, los abuelos tienen que ser sabios, los adolescentes tienen que ser comprensivos, los moribundos tienen que dejar las facturas pagadas, como Sócrates. Las series de televisión han sobresalido en esta impostura cultural que confunde el ser con el debe ser y algunas novelas parecen secundarlas. Se diría que hay que decirle al televidente y al lector lo que debe pensar, una especie de cartilla escolar, por dónde debe ir y con qué meta, sin incitar la reflexión ni el desarrollo de un criterio propio. Ese camino nos aleja del librepensamiento humanista. Creo que la primera exigencia ética e intelectual de todo escritor frente a sus personajes es que sus personajes sean veraces y complejos, porque ésa es también la primera exigencia ante los lectores, nuestros semejantes, tan veraces y complejos como nosotros. Las estatuas no andan, los estereotipos no caminan. Es preferible dibujar un personaje huidizo, incompleto y borroso, antes que perfilar con trazo grueso un contorno que lo limite. Al limitar un personaje, nos limitamos a nosotros mismos y limitamos al lector.

Las novelas que hemos escrito siempre nos acompañan porque son parte de nuestra biografía. También las novelas que hemos leído se integran en nuestra memoria. Las críticas a lo que escribimos, sean positivas o negativas, constructivas o destructivas, aunque confundan asunto con tema, tienen la virtud de recordarnos que junto al camino hay otras perspectivas sobre la literatura, que no todo el mundo comparte nuestra visión de la cultura, que no estamos solos en este viaje.

José Marzo, 23 de junio de 2020

alambrada
Cubierta de la primera edición de La alambrada (Vitoria, 2002). Ilustración de Oswaldo Guayasamín.

+ info sobre José Marzo en Revista Mínima, revista de cultura, con minúsculas, el jardín virtual donde publica relatos y otros fragmentos de su obra, tanto narrativa como ensayística.

+ Enlaces a las críticas en la siguiente entrada de josemarzo.net

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