La prensa se ha hecho eco, en octubre de 2018, de la concesión a Borges de un oficioso Premio Nobel de Literatura. La iniciativa ha sido llevada a cabo por un Comité Internacional de Escritores después de que el verdadero Premio Nobel, el que concede la Academia Sueca, fuera declarado desierto a causa de las denuncias por abusos sexuales que han salpicado al jurado.
La lista de grandes escritores que nunca recibieron el Premio Nobel sería larga. Unos porque fallecieron demasiado jóvenes o no tan viejos como para recibirlo, como George Orwell, autor de Gran Hermano y, sobre todo, de esa obrita maestra titulada Rebelión en la granja (Animal Farm). Otros porque fueron eternos candidatos, relegados en las deliberaciones finales, como el propio Jorge Luis Borges o Marguerite Yourcenar. Otros, simplemente, porque levantaron una obra alejada del propio academicismo, porque cultivaron la llamada literatura de género: novelas históricas como las de Howard Fast, autor de Espartaco, o Mika Waltari, autor de Sinuhé el Egipcio. Por no hablar de los autores de intriga, novela negra, ciencia ficción y lo fantástico. ¿Criterios filológicos o simples prejuicios?
Que la institución escandinava, desde 1901, dispusiera de ocho o nueve años para conceder el Premio Nobel a Lev Tolstói, antes de su muerte en 1910, no resta ningún valor a dos de las mejores novelas de todos los tiempos: Guerra y paz y Anna Karénina. Porque nadie parece haberse acordado este año del gran autor ruso a propósito de este embrollo académico-mediático.
Quizás el minuto de gloria de la buena literatura no esté en los premios. La verdadera gloria de la literatura nos espera en las páginas de un buen libro.

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